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El inicio del curso escolar vuelve a marcar un periodo de especial actividad para la atención pediátrica. Entre septiembre y diciembre, las visitas a urgencias por infecciones virales y respiratorias pueden crecer más de un 71% frente a los cuatro meses anteriores.

El aumento de los contactos estrechos y prolongados entre los menores favorece la transmisión. Los cuadros pueden abarcar desde un catarro hasta episodios gastrointestinales. Este escenario pone el foco en la valoración inicial, la detección de signos de alarma y la educación sanitaria de las familias.

Carmen Casal, enfermera y vicepresidenta de Enfermería de la Sociedad Española de Medicina de Urgencias y Emergencias (SEMES), destaca la importancia de conocer la evolución de estas infecciones y de incorporar hábitos sencillos que permitan reducir los contagios.

El regreso a las aulas eleva las infecciones pediátricas

La concentración de niños durante largas jornadas convierte el comienzo del curso en un periodo de mayor circulación de infecciones. Un menor puede comenzar con fiebre, tos o congestión y desarrollar días después vómitos, diarrea o dolor abdominal.

Esta evolución puede responder a una nueva infección. También puede producirse porque el mismo virus genere diferentes manifestaciones.

Ante esta variedad de síntomas, la valoración inicial adquiere especial relevancia. El objetivo es determinar la gravedad del cuadro y establecer las prioridades asistenciales.

La mayoría de las infecciones respiratorias y gastrointestinales infantiles evolucionan de forma favorable. En muchos casos pueden manejarse en el domicilio mediante vigilancia y cuidados básicos. Sin embargo, algunos síntomas requieren la intervención de un profesional sanitario.

Enfermería gana relevancia en la detección precoz

El personal de enfermería desempeña un papel central ante este incremento estacional de las consultas. Su actividad comprende el triaje, la identificación precoz de signos de alarma, la orientación de las familias y la educación sanitaria.

Una correcta evaluación permite priorizar la asistencia en función de la gravedad. Al mismo tiempo, trasladar información práctica sobre los síntomas y su evolución ayuda a las familias a saber cómo actuar.

Este componente informativo cobra especial importancia cuando se trata de diferenciar entre un proceso leve que puede vigilarse en casa y una situación que necesita una nueva valoración.

La prevención también empieza fuera de los centros sanitarios. Casal señala que las familias pueden ayudar a los menores a incorporar rutinas de higiene desde edades tempranas.

Hábitos sencillos para reducir los contagios

El lavado de manos después de sonarse o toser es una de las medidas recomendadas. A esta práctica se suma el uso de pañuelos de un solo uso y evitar tocarse los ojos, la nariz o la boca con las manos sucias.

También resulta importante enseñar a los niños a no compartir elementos que hayan estado en contacto con la boca, como vasos o cubiertos.

Son actuaciones sencillas. Pueden integrarse con facilidad en la rutina diaria y contribuir a reducir la transmisión de las infecciones durante una etapa marcada por una mayor convivencia entre menores.

Los signos respiratorios que requieren atención

La presencia de tos o fiebre no constituye por sí sola el principal indicador de alarma en una infección respiratoria. SEMES pone el foco en otros cambios que pueden señalar una evolución desfavorable.

Uno de los más relevantes es la dificultad para respirar. También debe prestarse atención a un empeoramiento evidente del estado general, especialmente cuando el niño está muy decaído.

Los cambios en la coloración de los labios o del rostro constituyen igualmente una señal que requiere valoración por parte de un profesional sanitario.

La vigilancia de la evolución resulta, por tanto, determinante. Un cuadro inicialmente leve puede cambiar y hacer necesaria una nueva evaluación.

La deshidratación, principal riesgo gastrointestinal

En las infecciones gastrointestinales, uno de los principales elementos que deben vigilar profesionales y familias es la deshidratación, sobre todo entre los niños de menor edad.

Los vómitos y la diarrea pueden generar una pérdida rápida de líquidos cuando el menor no logra reponerlos correctamente.

Existen varias señales que pueden advertir de una hidratación insuficiente. Entre ellas figuran una menor cantidad de orina, los labios secos, la ausencia de lágrimas durante el llanto, el decaimiento y una somnolencia poco habitual.

Detectar estos síntomas permite identificar cuándo el proceso puede estar dejando de evolucionar dentro de los parámetros esperables de una infección leve.

Vigilar la evolución para decidir cuándo acudir a urgencias

SEMES insiste en que el elemento fundamental es observar cómo evoluciona la infección. El empeoramiento progresivo de unos síntomas inicialmente leves debe ser tenido en cuenta.

También requiere atención una fiebre que reaparece después de un periodo de mejoría o la aparición de síntomas nuevos que afecten al estado general del menor.

El objetivo es facilitar que las familias distingan entre los procesos que pueden continuar bajo vigilancia domiciliaria y aquellos que necesitan una nueva valoración profesional.

En un periodo en el que aumenta la demanda por infecciones pediátricas, el triaje, la educación sanitaria, la prevención y el reconocimiento temprano de los signos de alarma se convierten en elementos esenciales para orientar adecuadamente la atención.