Investigadores de la Universidad de Columbia han identificado un método que permite estimar cuándo podrían aparecer los primeros síntomas clínicos del Alzheimer en personas con un elevado riesgo de desarrollar la enfermedad.
La estrategia combina un análisis sanguíneo del biomarcador p-tau217 y una prueba genética centrada en APOE. Juntas, ambas herramientas permiten establecer una ventana temporal de entre tres y seis años antes de la aparición de los primeros síntomas.
El avance puede tener especial relevancia en el desarrollo de futuras estrategias preventivas. Una mayor precisión sobre el inicio de la sintomatología ayudaría a determinar cuándo administrar posibles terapias destinadas a frenar la progresión de la enfermedad.
Dos pruebas para mejorar la predicción
El estudio analiza datos de aproximadamente 8.500 participantes de distintos orígenes étnicos. Los investigadores estudiaron la relación entre la evolución del biomarcador p-tau217 y las variantes genéticas asociadas al riesgo de Alzheimer.
El p-tau217 permite detectar alteraciones relacionadas con las proteínas amiloide y tau en el cerebro. Estas pruebas sanguíneas ya se utilizan para apoyar el diagnóstico en pacientes con pérdida de memoria o deterioro cognitivo leve.
Sin embargo, su uso aislado no ofrecía suficiente precisión para determinar cuándo una persona asintomática comenzaría a presentar síntomas.
APOE4 cambia la ventana temporal
La información genética permite afinar esa previsión. En concreto, el estudio analiza la variante APOE4, considerada el principal factor de riesgo genético relacionado con el Alzheimer y presente aproximadamente en una de cada cinco personas.
Cuando los niveles de p-tau217 comienzan a aumentar, las personas con una o dos copias de APOE4 suelen desarrollar los primeros síntomas cognitivos entre tres y cuatro años después.
En personas con otras variantes del gen, la aparición de los síntomas se sitúa entre cinco y seis años después.
Esta diferencia permite acotar mejor el periodo previo al debut clínico y podría ayudar a definir el momento adecuado para intervenir si llegan a estar disponibles tratamientos preventivos.
Una posible guía para iniciar futuros tratamientos
Richard Mayeux, jefe del Departamento de Neurología del Colegio de Médicos y Cirujanos Vagelos de la Universidad de Columbia y neurólogo jefe del Centro Médico Irving de Columbia/NewYork-Presbyterian, destaca que combinar ambas pruebas mejora la capacidad predictiva.
Según el especialista, el modelo ofrece proyecciones consistentes independientemente del origen étnico de los participantes.
El objetivo es anticipar con mayor precisión el inicio de los síntomas en personas con alto riesgo y, en el futuro, utilizar esa información para decidir cuándo comenzar un tratamiento protector.
Prudencia en personas sin síntomas
Los resultados no implican que estas pruebas deban aplicarse de forma generalizada a personas asintomáticas.
Mayeux desaconseja actualmente su utilización en este grupo porque los anticuerpos monoclonales autorizados no están indicados para pacientes sin síntomas. Por tanto, conocer el resultado no conduciría hoy a una intervención terapéutica concreta.
Este escenario podría cambiar si los ensayos clínicos en marcha demuestran que la administración temprana de estos tratamientos puede frenar la progresión de la enfermedad.
La prevención, en el centro del futuro abordaje
Si en el futuro existe una terapia capaz de prevenir el Alzheimer, la combinación de biomarcadores sanguíneos y genética podría servir para identificar el momento más adecuado para administrarla.
Mayeux señala que, en pacientes de alto riesgo portadores de APOE4, la intervención podría producirse cuando empiecen a elevarse los niveles de p-tau217, aproximadamente tres años antes de las primeras manifestaciones clínicas.
El avance desplaza así el foco hacia etapas más tempranas de la enfermedad. La clave ya no sería únicamente identificar quién tiene mayor riesgo, sino también estimar cuándo ese riesgo puede comenzar a traducirse en síntomas.